30
SEP
2014

¿Los sacramentos se pagan?



     

    Los sacramentos no tienen precio, pero la Iglesia propone corresponsabilidad

    "¿No sabéis que los que desempeñan funciones sagradas viven del Templo y los que sirven al altar del altar participan? Del mismo modo, también el Señor ha ordenado, que los que anuncian el Evangelio vivan del Evangelio" (1 Cor. 9, 13-14)

    Además de los diez mandamientos de la ley de Dios, también existen los cinco preceptos de la Iglesia; el quinto de estos es: ayudar a la Iglesia en sus necesidades. 

    La Iglesia es de este mundo y tiene necesidades materiales que deben ser cubiertas por sus fieles. Por esto la Iglesia quiere que sus fieles sean conscientes del precepto de sostener el culto, su misión y a todos los que de manera directa, exclusiva y por vocación trabajan en ella.

    La Iglesia agradece siempre a sus fieles el aporte de talento, tiempo y dinero para que ella pueda desarrollarse y crecer. Y cualquier ayuda debe brotar de un corazón generoso y lleno de fe que quiere o desea contribuir con sus medios en una empresa de especial interés humano y sobrenatural o, a través de ella, llevar un poco de consuelo al que está pasando una necesidad.

    El canon 222 enuncia todo el arco de necesidades de la Iglesia en cuya solución deben ayudar los fieles: "Los fieles tienen el deber de ayudar a la Iglesia en sus necesidades, de modo que disponga de lo necesario para el culto divino, las obras apostólicas de caridad y el conveniente sustento de los ministros. Tienen también el deber de promover la justicia social, así como, recordando el precepto del Señor, ayudar a los pobres con sus propios bienes”.

    ¿De qué manera los fieles ayudan a la Iglesia? Mediante el diezmo(que casi nadie lo tiene en cuenta), los estipendios de la misa, las limosnas que se recogen en la misa, donaciones y la ofrenda en el momento de solicitar un sacramento o un sacramental.

    Pero, ¡ojo! Los Sacramentos de la Iglesia no se venden ni se compran. No tienen precio ni valor económico.

    Querer comprar o vender, por ejemplo, el perdón, la condición de hijos de Dios, el Cuerpo de Cristo, etc., es absurdo. La Gracia Divina es invaluable pues consiste en la participación de la misma Vida Divina.

    Pero la gestión y la administración de los sacramentos sí implican una compensación, una ofrenda que evidentemente SE PROPONE a los que los solicitan.

    Pero no es absolutamente obligatorio; si alguien o alguna familia no pueden dar su ofrenda, no se le niega el sacramento ni la acción de la Iglesia a su favor.

    Jesucristo frecuentaba la sinagoga y, cuando estaba en Jerusalén, asistía al templo y en él enseñaba. Allí una vez Jesús observa a la gente que daba su ofrenda al templo y pone como ejemplo a una viuda que ofrece al templo lo que necesita para comer (Cf. Mc 12,44). Jesús por tanto no se opone a que la gente colabore económicamente en lo relacionado con la Iglesia.

    “Que cada uno dé como propuso en su corazón, no de mala gana ni por obligación, porque Dios ama al que da con alegría” (2 Cor 9, 7). Y tanto fue el celo del Señor por el Templo que en una ocasión echó fuera los que no lo respetaban como Casa de Oración (Mt 21,12-13).

    Lo que se pide al fiel es algo irrisorio, pues ¿cuánto gana un médico en una hora? ¿Cuánto vale una hora de trabajo de un arquitecto o de un sicólogo? ¿Un obispo, un sacerdote o un religioso no están a la misma altura de cualquier otro profesional? Claro, pero ellos no están en función del dinero sino en función del reino de Dios.

    Lastimosamente algunos fieles critican como injusto y oneroso lo poco que se le pide, por ejemplo en el caso de los matrimonios para el pago de trámites, empleados, luz, limpieza, etc., pero no tienen ningún inconveniente en tirar la casa por la ventana para pagar serenatas, flores, cantores, fotógrafos, alfombras, vestidos, asesorías, salones de belleza, grandes banquetes, viaje de bodas, etcétera.

    A algunos se les olvida o no caen en cuenta de que de todos los ingresos de una parroquia: además del sustento del párroco, la parroquia tiene que pagar empleados, debe separar una parte para la administración diocesana, el mantenimiento de un templo (que exige acciones, a veces urgentes, como impermeabilización, reparaciones, reformas,…) y sólo Dios sabe cuántas personas pobres dependen de la ayuda parroquial; dinero que debe salir de los fieles mismos.

    Que quede claro: la Iglesia no cobra nada por nada, pues lo que ofrece lo recibe de Dios, pero solicita la corresponsabilidad de los fieles en todos los sentidos.

    Jesús es conciso, y en su expresión no deja ningún hueco para la duda. Por un lado dice: "Gratis lo habéis recibido todo, dadlo todo gratis" (Mt 10,8). Y por otro Jesús dice que el que trabaje para el Evangelio viva del Evangelio. “Permaneced entonces en esa casa, comiendo y bebiendo lo que os den; porque el obrero es digno de su salario…” (LC 10, 7).

    Podemos decir que un obispo, un sacerdote, un(a) religioso(a), merece vivir dignamente por un servicio, un ministerio prestado; ylos fieles, por justicia, deben recompensar por algo que el dinero no puede en absoluto comprar.

    Además hay que tener en cuenta que un sacerdote no ejerce su ministerio sólo durante ocho horas diarias, como si fuera un trabajador más; un sacerdote no tiene horario, está en servicio las 24 horas del día: horas en el confesionario, horas de despacho, horas en los cursos presacramentales, horas para administrar la parroquia, horas para las visitas a los enfermos, etcétera, y muchas veces ni las gracias recibe.
     
    Tan solo en las ‘ceremonias’ es cuando la gente contribuye al sostenimiento de sus sacerdotes.

    Hay muchas personas que creen que las limosnas que se recogen en las misas suman grandes cantidades, cuando muchas veces lo que los fieles dan es lo que les estorba en sus bolsillos o monederos. 

    Algunos cometen el error de calcular (con absoluta ignorancia) el dinero que administra el clero sin considerar el empleo de dicho dinero. Hay que tener en cuenta que las colectas no son grandiosas y que no importa tanto lo que entra sino el uso que se hace de ellas.

    Nadie pone ninguna objeción en pagar lo que sea en un restaurante, y no tienen en cuenta que con el precio del menú no sólo se paga el costo de los alimentos sino también la atención y el derecho a usar otros servicios.

    Así pues, hacemos una verdadera exhortación a los fieles a que sean generosos con sus limosnas.

    La misión de la Iglesia no consiste en ganar dinero, ni en acumular recursos materiales. Su misión es aquello que denominamos acción pastoral.

    La Iglesia ha de continuar la obra de Jesucristo por todo el mundo, que fundamentalmente consiste en anunciar su Buena Noticia, celebrarla y dar testimonio de ella.

    Y este anuncio necesita de medios materiales, necesita de un soporte económico para poder ser desarrollado correctamente. El sostenimiento de esa clase de obras comporta gastos insospechados por el común de los fieles.  Sin este soporte, la Iglesia difícilmente podría llevar a cabo las tareas pastorales siempre tan necesarias.

    Es importante que todos los cristianos nos demos cuenta de que la economía de la Iglesia tiene que ser responsabilidad de todos. Todos los que formamos la Iglesia somos corresponsables de su misión.

    Por eso queremos contribuir a su sostenimiento, como hacían los primeros cristianos que compartían todo con todos.  “De la multitud de los que habían creído era un corazón y un alma; y ninguno decía ser suyo algo de lo que poseía; mas todas las cosas les eran comunes” (Hch 4,32).

    Que esto nos lleve a considerar que normalmente quien tiene que mantener la Iglesia somos nosotros mismos como una real y auténtica comunión de bienes. A pesar de que se ha avanzado mucho, sin embargo hay que aumentar la conciencia de que los cristianos debemos asumir todas las consecuencias de profesar la fe, incluyendo el aspecto económico.

    Y aunque en todas las parroquias hay un consejo de economía, hay libros de contabilidad con las cuentas claras, y la Iglesia o las parroquias -a diferencia de otras instituciones o personas-, no acostumbra alardear de la caridad hecha o de las limosnas repartidas o de las limosnas dadas. El señor Jesús dijo: "Tu, en cambio, cuando hagas limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha" (Mt 6,3).

    Ya se sabe que la Iglesia tiene y siempre ha tenido muchos enemigos, enemigos dentro y fuera de ella, y éstos la atacan con numerosos, variados y equivocados argumentos. Uno de estos argumentos, tal vez el más frecuente, es el económico.

    Uno de los errores es creer que los templos son del clero. En realidad los ha construido el pueblo de Dios y son del pueblo de Dios. Son patrimonio no tan solo de la Iglesia, sino de la humanidad entera.

    Muchos dicen que la Iglesia es rica y los que rechazan las riquezas de la Iglesia, en realidad ignoran que es un patrimonio que está al servicio de la humanidad a través de las obras de evangelización, de educación, de caridad, de cultura, de salud, etc..

    Ignoran que este patrimonio más que ganancias tiene gastos. En muchas ocasiones grandes colegios, hospitales, asilos, etc. tienen que recurrir a benefactores o a fundaciones internacionales para poder sobrevivir, porque los ingresos normales ciertamente no alcanzan a cubrir los gastos.

    La gente o los fieles que tanto critican no saben cuántas personas trabajan en la Santa Sede o en una diócesis y que cobran sueldo, no saben cuánto cuesta cada seminarista al mes, no saben cuántos seminaristas sostiene el obispo. 

    También ignoran que la Iglesia es la mayor organización no gubernamental de caridad en el mundo; cuya ayuda en calidad, en cantidad, y en alcance es sumamente eficaz.

    Si deseas saber la verdad investiga en tu propia ciudad qué hace la Iglesia para servir a los pobres. Descubre el trabajo de las parroquias, de las comunidades religiosas, de las organizaciones caritativas de la Iglesia, el trabajo de los laicos comprometidos. Así son las obras de la Iglesia, y son atacadas sin misericordia.

    También los críticos olvidan o ignoran que la Iglesia, en el sentido más estricto, es en realidad el pueblo de Dios, somos  todos los bautizados, somos más de mil doscientos millones de católicos en el mundo, de los cuales las tres cuartas partes son de muy escasos recursos. 

    Desde este punto de vista podríamos decir con toda justicia y certeza que la Iglesia es pobre. Y si en algo la Iglesia es rica, seguro que lo será, entre otras cosas, en humanidad. 

    Los enemigos de la Iglesia, al ver una hermosa iglesia o catedral grandiosa se les olvida que es el resultado de la fe de un pueblo que ha sabido amar y adorar a Dios y darle lo mejor.

    Todas las civilizaciones de la historia han concretizado su religiosidad dando lo mejor de su arquitectura y arte. La fe del ser humano se ha expresado desde siempre en los mejores monumentos arquitectónicos de la humanidad, desde los templos del antiguo Egipto, hasta la última iglesia construida. La fe católica no tiene porque ser una excepción.

    Nosotros podemos asistir a misa, por ejemplo, en San Pedro en Roma gracias a la fe y a la entrega de nuestros antepasados, que casi nunca vieron el fruto de su trabajo. 

     

    Padre Henry Vargas Holguín


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