06
JUN
2013

El Papa Francisco nos previene contra el leguaje de los corruptos



    Misa del Papa en Santa Marta

     

    Aprendamos el lenguaje de los niños

     

    El Papa Francisco volvió a hablar de la corrupción. El martes 4 de junio, por la mañana, propuso una reflexión sobre el lenguaje que a menudo usan los corruptos, es decir, el lenguaje de la hipocresía: el mismo —dijo— que usó Satanás en el desierto cuando tentó a Jesús. El Pontífice habló de ello durante la misa en la capilla de la Domus Sanctae Marthae, concelebrada, entre otros, por Su Beatitud Nersès Bédros XIX Tarmouni, patriarca de Cilicia de los armenios, y por el arzobispo Jean-Louis Bruguès, archivero y bibliotecario de la Santa Romana Iglesia, que acompañaba a un grupo de empleados de la Biblioteca apostólica vaticana.

     

    El Pontífice durante la homilía se inspiró en la página del Evangelio de Marcos (12, 13-17) donde el evangelista relata el intento de hacer caer en la trampa a Jesús por parte de «algunos fariseos y algunos herodianos»: sólo «algunos, porque —especificó el Papa— no todos eran malos». Ellos «fueron a Jesús para sorprenderlo en falta. Simulaban conocer la verdad, pero la intención era otra: hacerle caer en la trampa. Fueron y dijeron: “Maestro, sabemos que eres veraz y no te preocupa lo que digan; porque no te fijas en apariencias, sino que enseñas el camino de Dios conforme a la verdad”. Ellos, sin embargo, no creían en lo que decían. Era una adulación». Esto «es precisamente el discurso del adulador, quien va con palabras blandas, con palabras bonitas, con palabras demasiado azucaradas».

     

    Ayer —recordó el Santo Padre— «hablamos de los corruptos. Hoy encontramos el lenguaje de los corruptos. ¿Cuál es su idioma? Este: el idioma de la hipocresía. No lo decimos nosotros, no lo digo yo, sino Jesús, conociendo su hipocresía». La hipocresía, subrayó una vez más, es «el idioma de los corruptos. Estos no aman la verdad. Se aman sólo a sí mismos, y, de este modo, buscan engañar, implicar al otro en su engaño, en su mentira. Tienen el corazón mentiroso; no pueden decir la verdad. Es el mismo lenguaje que usó Satanás después del ayuno en el desierto: tú tienes hambre: puedes transformar esta piedra en pan; y luego: para qué tanto trabajo, tírate desde el templo. Este lenguaje, que parece persuasivo, conduce al error, al engaño».

     

    De este modo, los fariseos que —prosiguió el Papa volviendo al relato evangélico— son «tan amables en el lenguaje, son los mismos que irán el jueves por la noche a detenerle en el Huerto de los olivos y el viernes lo llevarán a Pilato. Y con Pilato usarán el mismo idioma: nosotros tenemos sólo un rey, que es César». Este lenguaje es un intento de «persuasión diabólica». En efecto, quienes en ese momento “alababan” a Cristo, «terminan traicionándolo y mandándolo a la cruz. Jesús, mirándolos a la cara, les dice esto: ¡hipócritas!».

     

    La hipocresía, por lo tanto, es el lenguaje de la corrupción, y no es el «lenguaje de la verdad, porque la verdad —indicó el Obispo de Roma— nunca va sola: va siempre con el amor. No hay verdad sin amor. El amor es la primera verdad. Y si no hay amor no hay verdad». Los hipócritas, en cambio, «quieren una verdad esclava de los propios intereses». También en ellos hay una forma de amor; pero es «amor a sí mismos», una especie de «idolatría narcisista que los lleva a traicionar a los demás y conduce a los abusos de confianza». En cambio, «la mansedumbre que Jesús quiere de nosotros no tiene nada, nada que ver con esta adulación, con este modo azucarado de seguir adelante. Nada. La mansedumbre es sencilla, como la de un niño; y un niño no es hipócrita, porque no es corrupto. Cuando Jesús nos dice: que vuestro modo de hablar sea: sí, sí, no, no, con alma de niño, nos dice lo contrario de aquello que dicen los corruptos».

     

    Todos nosotros, reconoció el Papa Francisco, tenemos en realidad «una cierta debilidad interior» y nos gusta «que digan cosas buenas de nosotros». A todos nos gusta, porque al final de cuentas una pizca de vanidad la tenemos todos. Los corruptos lo saben y con su lenguaje «buscan debilitarnos». Por lo tanto, «pensemos bien hoy —recomendó— cuál es nuestro lenguaje: ¿hablamos de verdad con amor o hablamos un poco con ese lenguaje» que nos lleva a decir cosas bonitas que no sentimos como tal? «Que nuestro hablar sea evangélico», deseó el Santo Padre. Y «pidamos  hoy al Señor que nuestro modo de hablar sea el de la sencillez, el de los niños, hablar como hijos de Dios: por lo tanto, hablar en la verdad del amor».

     


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