Comentario diario

Lunes 25-10-2021, XXX del Tiempo Ordinario (Lc 13,10-17)

«Había una mujer que desde hacía dieciocho años estaba enferma por causa de un espíritu, y estaba encorvada, sin poderse enderezar de ningún modo». Quizá nunca hayas caído en la cuenta que el hombre es uno de los pocos animales que tiene la capacidad de levantar la cabeza y mirar hacia el cielo. Mientras que la gran mayoría de los seres vivos caminan vueltos hacia el suelo, el hombre camina erguido. Esta característica de la especia humana es más que un detalle anatómico más o menos anecdótico? Es precisamente una de las diferencias más importantes que nos distinguen de los animales. El hombre puede mirar más allá de las cosas de la tierra, puede elevarse sobre el suelo y dirigir su mirada hacia la profundidad del cielo. Acaso de aquí le venga su capacidad de soñar y desear, porque ?deseo? (desiderium en latín) proviene de mirar ?las estrellas? (sidera en latín). Sólo si caemos en la cuenta de lo importante que es nuestra capacidad de mirar hacia arriba, comprenderemos la tremenda angustia de aquella mujer presa de su terrible enfermedad. Ella estaba encorvada y sólo podía mirar a la tierra, sin posibilidad de contemplar cara a cara a los demás ni la profundidad del cielo estrellado. Para ella sólo existía la tierra, esta tierra sucia y polvorienta que nos pesa y nos ensucia.

«Jesús le dijo: ?Mujer, quedas libre de tu enfermedad?. Le impuso las manos, y enseguida se puso derecha». Entonces sucedió el milagro. Jesús liberó a aquella mujer de su esclavitud que la impedía mirar al cielo, y contemplar, y soñar, y desear. Jesús la liberó de las ataduras de la tierra que la impedían caminar erguida y ver cara a cara a los demás. El evangelista nos deja claro que esta enfermedad era algo más que un mal físico, sino que era obra del mal espíritu. Es el pecado el que realmente nos inclina hacia las cosas de la tierra, hacia lo más bajo, sucio y terreno. Es el demonio el que nos esclaviza para que ya no podamos contemplar el Cielo y desear con esperanza la vida eterna. En el fondo, todos padecemos la misma enfermedad que aquella mujer. Todos pasamos más tiempo mirando a la tierra que al Cielo. Y a ti? ¿qué es lo que te impide caminar derecho? ¿Qué es lo que te hace caer una y otra vez sobre el sucio suelo?

«Y a esta, que es hija de Abrahán, y que Satanás ha tenido atada dieciocho años, ¿no era necesario soltarla de tal ligadura en día de sábado?». Sólo Jesús es capaz de liberarnos de todas las ataduras. Sólo él es capaz de soltar todas las cadenas que nos atan y nos hacen estar encorvados hacia lo más bajo. En el rito del bautismo se dice: «Dios todopoderoso y eterno, que has enviado a tu Hijo al mundo, para librarnos del dominio de Satanás, espíritu del mal, y llevarnos así, arrancados de las tinieblas, al Reino de tu luz admirable; te pedimos que este niño, lavado del pecado original sea templo tuyo, y que el Espíritu Santo habite en él. Por Cristo nuestro Señor. Amén». Si estás bautizado, ¡ya estás liberado del dominio de Satanás! ¡Jesucristo ya ha obrado en ti el milagro de curarte de la enfermedad que te encorvaba hacia la tierra y te impedía contemplar el Cielo!

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